Por Rocío Gómez
No
recuerdo cuando empecé a escribir sobre mí, pero sé que desde muy pequeña.
Probablemente, desde que empecé a leer. Recuerdo que cuando tenía diez años me
regalaron mi primer diario, que era de pasta dura, negra, canto dorado y
contaba con una llavecita para proteger mis secretos. Las páginas eran blancas
y sobre él empecé a escribir lo que me sucedía día a día en la escuela. En el
transcurso de mi vida he recurrido a esta herramienta para plasmar mis
pensamientos y sentimientos, dejando evidencia en el papel sobre mis anhelos
más profundos.
Escribo
sobre el golpeteo de todas mis sensaciones viniendo fuerte sobre mi mente,
sobre mi conciencia que se busca a sí misma y trata afanosamente de aferrarse a
un sentido profundamente satisfactorio de mi vida, escribo sobre todo el
bullicio que baila sobre mi conciencia y gira con una necesidad imperiosa de
comunicar.
En mis procesos de escritura, he recuperado mi camino, mi sentido de existencia, el que
siento que voy unificando cada vez más. También recupero fuerzas para seguir
adelante y continuar con esperanzas renovadas, aumentando la conciencia de cómo
me concibo y me percibo a mí misma, así como de mis cambios a través del
tiempo. Por
ejemplo, antes suponía que los demás eran injustos conmigo, se aprovechaban de
mí; pero ahora he visto de qué manera me he auto-devaluado, desde los
pensamientos que tenía. Yo misma soy la que me decía: “¡qué tonta!” y que
cuando alguien me pedía algo, hacía lo que me pedían y luego me quejaba del
otro; eso influía en los pobres resultados que tenía con mis amistades o mis
parejas. Me sentía rechazada y lo que sucedía confirmaba mis ideas.
También
recupero fuerzas para seguir adelante y continuar con esperanzas renovadas.
Escribir me induce a concentrar mi atención para ordenar mis ideas y reforzar
un espacio exclusivo para mí, donde mi ser intenta reunificarse para tener
claridad. Me induce a rescatarme del caos en que la vida cotidiana me parece
llevar si no me regalo espacios para mí. Escribir me induce a reafirmarme, a sostener mis ideas y mis reflexiones, a
revalorizarlas y defenderlas ante los demás. La escritura las fortalece y afina. Escribir es un
placer.
Escribo
porque siento una necesidad imperiosa en mi ser. Esa necesidad me viene como
una energía que necesita ser expresada; y si no, me siento atascada y
doblegada. Escribo para sentirme mejor, para ir narrando lo que sucede a mi alrededor
y verle un sentido, también para contarle a un probable lector (o a mí misma)
lo que me sucede y pasa a mi alrededor, en esta época de cambios tan drásticos
y terribles en nuestro país. Escribo para aclarar mis ideas, para darle sentido
a mi existencia, ver mis avances y no perderme. Es por eso que tengo la
costumbre del Diario desde hace mucho tiempo. Cada fin de año leo todo lo que
escribí en esos 365 días y me sirve para darme cuenta en dónde estoy con
respecto a mis metas y avance en mis
proyectos.
Escribir
me induce a la libertad de pensamiento, claro que siempre y cuando lo que
escriba sea, primero, sólo para mí. Mientras más sincera sea al escribir, me voy
reconociendo y despojándome, poco a poco, de las máscaras; y es ahí donde me
conozco. Y me siento más verdadera y humana.

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